PAN DE MASA MADRE ( y Bouvard y Pécuchet)

Como , según dicen, no hay dos sin tres, lo he intentado por tercera vez y en esta ocasión ¡ lo he conseguido! Me refiero a que , por fin , he logrado comprar una barra de pan – » una barra, por favor» – en la nueva panadería que han abierto en el barrio y que está haciendo tanto furor como aquel » hay una chica nueva en la oficina, se llama Farada y es divina«( aquí, pronunciar en plan Boris Izaguirre)

Ciertamente la barra que he pillado es muy básica , aunque me han asegurado que es «de masa madre» y de trigo ( I suppose), y no he necesitado interesarme por la amplia oferta que se amontonaba en pequeños cajones, a diestro y siniestro.

Ya comenté en una ocasión anterior que esto de comprar el pan en ,que puede parecer muy sencillo, no lo había sido para mí hasta ahora, pues pude comprobar que las aglomeraciones que se producían en la puerta del dicho nuevo establecimiento no se debían tanto a su gran éxito ( que también,si bien en un tono moderado) como a que cada parroquiano ( y cada parroquiana, of course) que acudía , tardaba una media de ocho minutos y dieciséis segundos en decidirse entre el maíz, el trigo, la espelta y sus varias combinaciones y formas, en alegre consultoría y breve degustación.

Y ya me iba , todo contento de mi hazañosa hazaña, cuando una señora de esas que no abundan pero que sí se ven por estas mis calles, alta , pero de no más de treinta y cinco quilos que diría Josep Pla, me ha agarrado con una mano nervuda y me ha dicho: «Y , sobre todo, mastique ese pan muy despacio, y trágueselo acompañando cada trozo con su pensamiento…».

Y en comprobando el efecto del consejo sobre la consejera, no he podido evitar el recuerdo de los repentínamente ricos y asaz entusiastas Bouvard y Pécuchet , que en la obra de Flaubert del mismo título leyeron en un manual de higiene de la época – finales del siglo XIX- la misma sugerencia ante la humana incapacidad para la rumia fisiológica, y saturados luego por la rumia metafísica hasta incurrir en la fe fisiológica, abandonaron luego toda convicción dietética y pasaron página. con un gran banquete.

En fin, la de cosas que ( se) le pueden ocurrir a uno, en yendo a comprar un barra de pan, eso sí, de » masa madre»…

MR. CHANDAL (¡ bienvenido!)

En esa larga – ¡ larguísima y de patético final ! -colección de tópicos mafiosillos intitulada El irlandés y pergeñada por Martin Scorsese bajo la égida de Netflix , hay una secuencia en la que uno de los protagonistas,  Jimmy Hoffa ( Al Pacino) le dice a otro, Anthony Pro ( Stephen Graham): «¿Así vas a una reunión ?», aludiendo a su camisa floreada y a sus pantalones cortos. Y respondiéndose por delante , añade : «Ya sea en Florida o en Tombuctú,siempre voy en traje a una reunión» . Y es que hasta entre la gente del hampa había sus reglas a la hora de presencializarse.

Cúmplense ahora , por lo oído, algún aniversario, no se cuál, de la aceptación del chandal como prenda de todo uso, pues lo que fuera un dispositivo textil (?) para ciertas actividades codificadas, mayormente vinculadas a las expansiones e intensiones físicas, se ha venido a convertir en un uniforme en el que ya tan sólo hay diferencias, como siempre, de clase y de marcas: un poco como ocurrió con los blue jeans que de ser utilizados por los blue-collars del proletariadoy del vaqueriado pasó después a ser alegre prenda mundializada, primero por los hippies y después por los white-collars del pijariado ( if Levi´s, of course)

A lo mejor – y a lo peor, depende – la globalización del chandal, que han lucido desde Castro hasta Obama, pasando por Putin y Xi Jinping ( Mao no se hubiera atrevido), tiene que ver con la deportivización generalizada de la vida social, lo cual que, a pesar de lo que pudiera parecer a primera vista, no sólo no se descuadra de la productividad intrínseca, sino que la cuadra como el torero ( o la torera , too) al toro , pues como dijo aquel anarquista de derechas que se autodenominaba anarca y que fue Ernst Jünger, nos estamos refiriendo a “ese turno de trabajo al que damos el nombre de deporte

Y ya que se ha comenzado con una cita cinematográfica de hogaño, de que algo cambio el día en el que la gente – sobre todo pudiente- abandonó el centro de las ciudades , se fue a vivir a las urbanizaciones de los alfoces y comenzó a deambular de aquí para allá en chandal, tenemos un buen testimonio en una de las secuencias más divertidas – «En mi vespa» – de Caro diario, del ínclito Nanni Moretti, un film de 1993, o sea ya de antaño, de rigurosa recomendación…

Any way, felicidades y…, ¡Bienvenido Mr. Chandal !

INVISIBILIDAD (ES)

Lo voy comprobando día a día: me estoy volviendo invisible. En el portal de mi casa nadie me saluda, dedicado el personal mayormente – y por lo que atisbo, con regocijo- al seguimiento de su smartfone. Ya en la calle, y aun andando bien derechito por mi acera, las bicis me obvian aunque en algunos casos me rozan – para mi sorpresa que no la suya. En muchos bares, los camareros ( y las camareras, no quiero incurrir en incorreciones sexistas) piden el recado de servir a quien está justamente a mi espalda. Y hoy mismo, en la tienda de lo que antes se llamaban coloniales y ahora de cercanía, ni siquiera levantando el dedo – costumbre multiuso inculcada por los Hermanos Maristas- me han hecho caso a la voz de «¡siguiente!»

Tengo varias hipótesis para explicar esta progresiva invisibilidad. La primera es mi pertenencia por afecto y por defecto al grupo «Varón Blanco Heterosexual Monógamo Moderadamente Sucesivo» ( VBHMMS, en adelante) que, en efecto, está desapareciendo en el concurso de las identidades de género post-modernas.

Otro sí, la no afilización ni afición a ninguna agrupación deportiva – que implicaría portar una refulgente camiseta ad hoc– o, en su defecto, a algún agrupamiento religioso o político, en cuyo testimonio luciría algún pin o marca indeleble.

Pero, aún asi, y sin descartar las concausas anteriores, me inclino a pensar que mi invisibilidad se debe sobre todo a que , por fin, los largos años de meditación sobre el zafú me han abducido hacia un satori que me va disolviendo corpóreamente, a pesar de que yo sólo quería apartar de mí todo pensamiento – sobre todo chungo.

En cualquier caso me consuelo, pues si el proceso continua, y termino por desaparecer del todo, como le pasaba a voluntad al protagonista de «El hombre invisible» ( 1933, James Whale ), remitiré como Persona Física , ya no me será aplicable el Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas ( I.R.P. F., desde adelante) y no seré relajado al brazo secular por mi impía ausencia.

SLOW SEX ( very slow)

La alternativa de formación reglada en tres años que la Iglesia Católica ha propuesto para las parejas ( heterosexuales, of course) que deseen matrimoniarse bajo su bendición me ha recordado , no sé porqué, un libro que en su momento se convirtió en un bestseller mundial: Elogio de la lentitud, de Carl Honoré.

En sus páginas se afirmaba – y se afirma, prodigios de la escritura- que , dentro del movimiento general contra la aceleración de la vida cotidiana, sobresalía la alternativa del “slow sex» o sexo lento, análogo al slow food, la slow city o el slow work, expresiones que no es necesario traducir.

Esta alternativa pretendía, en el conjunto de una gran propuesta de desaceleración, volver a hacer del sexo un placer y no una obligación – aquello del “débito matrimonial” hoy disfrazado de fundamento psicológico de la pareja- o una compulsión que desubime la tensión generada en otros ámbitos de la vida – también aquí “el reposo del guerrero (o de la guerrera)” en versión pornográfica postmoderna.

Para ello, el slow sex proponía abandonar los treinta minutos semanales de media mundial “civilizada” que solían emplear las parejas para hacer el amor y, fundamentalmente, esos siete minutos en los que los varones suele cumplir con su protocolo exasperante de erección y eyaculación para dar paso a la ducha o, en el mejor de los casos, a un leve sueño («triste post coitum»).

Consecuentemente, y sin necesidad de acudir a proezas tántricas, de la cuales también se nutría, lejanamente por cierto, el slow sex, se abogaba en general por hacer un mayor y mejor lugar al sexo, a fin de convertirlo en amor, tomándoselo con más tranquilidad y ,sobre todo, como se puede suponer, con mucha mayor lentitud. Y visto que en los preliminares residía la posibilidad de que las mujeres pudieran luego quedarse satisfechas, se sugiería una buena sesión de masaje desacelerador antes de iniciar los contactos ( ¿ estrictamente?) sexuales- se hablaba siempre en clave heterosexual.

Por supuesto el slow sex no renunciaba a la aventura del pajar o a la del probador de unos grandes almacenes, pero llamaba la atención acerca de que, en cada caso, la práctica del sexo lo fuera en el “tempo giusto” – o en el “eigenzeit” si se prefiere- , es decir, adecuado a cada ocasión, dejándose llevar por lo que los antiguos griegos denominaron el “ kairós” o sentido de la oportunidad.

Ni qué decir tiene que, para los partidarios del slow sex, esta desaceleración sexual debía ser paralela a otras desaceleraciones como las ya citadas más arriba y a las que se podría sumar algo así como una desaceleración política generalizada que calmara los ánimos y las voces, ahora, por cierto, tan agitados/as. Algo así como un retorno del viejo lema de los años sesenta que decía «Make sex, not war!»…

Y, de pronto, me he dado cuenta de la conexión entre las teorías de Honoré y las de la Conferencia Episcopal Española: radícase esta en la apología de la lentitud, si bien en un caso es previa y en el otro póstuma, pero siempre sexual.

Así que, slow sex, very slow, en ambos casos…

EL OBISPADO DE BILBAO EN LA POMADA ( o » Justinianus.De santurronis tollendis», que dijo Rabelais)

G. Doré

Dos noticias dos, recientemente publicadas en desigual extensión, ha situado al obispado de Bilbao en la pomada, redirigiendo la atención de tirios y troyanos todavía expectantes ante las calenturientas especulaciones sobre el nuevo gobierno que a la diputada Montserrat Bassa le importaba un comino.

Así, por un lado y en letra pequeña, parece que el Obispado de Bilbao por fin se ha personado en la demanda presentada ante el Tribunal Superior de Justicia del País Vasco en relación a la denuncia por diversas irregularidades detectadas tanto en la recalificación de la parcela que actualmente ocupa la Escuela de Magisterio diocesana- BAM en Abando ,como en las condiciones propuestas para la edificación de un gigantesco edificio en dicha parcela ,denominado Bizkai Eliza por las autoridades eclesiales y El Corte Inglés Diocesano por el curatado.

Otro sí, y por otro lado y a grandes titulares , el Obispado en la persona de su Obispo en calidad de presidente una denominada Subcomisión Episcopal para la Familia y la Defensa de la Vida de la CEE, ha presentado en Madrid una propuesta intitulada «Novios en el camino + Q2», un programa de formación – de una duración de «dos o tres años» – para quienes quieran matrimoniarse por la Iglesia Católica.

La intensión y extensión que se ha dado a esta última noticia, en la que se llega a desgranar una guía de las relaciones sexuales – legítimas por consagradas, por supuesto, y entre un hombre y una mujer, por supuestísimo- constrasta con la parvedad de la primera que sólo se puede ampliar con un cierto esfuerzo cognitivo gracias a otras fuentes – como Ekologistak martxan – , adivinándose un desequilibrio informativo un tanto premeditado A. M. G. D. – con todo respeto para los IHS a quienes aprecio y mucho desde que leí El Gatopardo.

Pero en cualquier caso, no deja de ser sorprendente que un obispo divulgue recomendaciones sobre las cuestiones íntimas antes mencionadas, toda vez que carece , o debería ( de) carecer, de la total experiencia empírica de las mismas en su condición de aforado celibatario. Y todavía menos se comprende que el mismo obispo insista en un proyecto constructivo sobre el que cada vez hay más sospechas de pelotazo urbanístico y una creciente oposición interna y externa , a más de que ya en siendo prelado de Córdoba no demostró mucha pericia y volvió al Norte con una multa de 30.000 € bajo su sotana por su nefasta gestión en CajaSur.

En fin…»Justinianus.De santurronis tollendis» que dijo Rabelais…

LOS REGALOS ( y «el Sistema»)

Como diría Quim Monzó, debo de ser un tipo muy raro porque no me gustan los regalos. Será porque el personal no acierta al hacérmelos , o sin más, como dice ahora la juventud a la que me acoplo. Así que en estas fechas sufro lo mío y ya no tanto por recibirlos sino porque el hecho de recibirlos implica regalarlos en distributiva y antropológica justicia.

En cualquier caso, y aún avisados que están todos y todas de mis provincias limítrofes, no ha habido manera de eludirlos y para más inri me ha ocurrido algo particularmente engorroso con uno de ellos ,no habiendo asumido la mano regalante el concordato previo.

Devuelta , pues, la prenda en unos grandes almacenes de anglosajón nombre que, según dicen, han sido los inventores de La Navidad en tierras hispanas como lo fue Coca -Cola allende los mares, he recibido al respecto una satinada tarjeta de abono y como no quería prolongar más esta agonía ,me he dispuesto a comprar lo que fuera por el saldo de la misma.

Pescado al azar un recado de adminículos varios que en un rápido cálculo sumaba por fin el importe de la tarjetilla de marras ,he ido a pagar.Pero para mi sorpresa, una joven dependienta me ha comunicado con tecnocrática voz que «el sistema» había caído y era imposible que yo pudiera pagar con el dinero electrónico en cuestión.

En siguiendo los cauces, como buen post-maoísta, he acudido a una ventanilla intitulada «Atención al cliente», desde la que una reposada mujer , tras varias consultas telefónicas a saber a qué altas esferas me ha conminado amablemente a pagar hoy con una de mis tarjetas de crédito y a volver mañana para recuperarla con la primera tarjeta, eso sí, si el «sistema» ya se hubiera levantado.

Viendo venir la angustia de tener que volver al día siguiente y de que no se hubiera levantado «el sistema» y recordando el «vuelva usted mañana» del romántico- pragmático Mariano José de Larra ,conteniendo una ira breve pero asaz intensa , he solicitado que me pasara, por favor , unas grandes tijeras estratégicamente situadas sobre el mostrador.

Y con toda la pulcritud que he podido he troceado la tarjetilla una y otra vez hasta convertirla prácticamente en polvo dejando los restos a su alcance,y me he despedido con un golpe optimista de sombrero…
Así que por favor…¡No me hagan más regalos!